Memoria de los días


Veo la vida como un gran libro en el que diariamente se escribe. Tal vez no de manera literal (tomar la pluma, abrir las páginas antiguas), pero sí como un registro que se hace mientras avanza el día. En algún momento, mientras volvemos a casa, preparamos la cena o nos metemos a la cama, vuelven las cosas que hicimos, las conversaciones, lo que nos sorprendió o nos pareció triste. Como si fuera un espejo miramos nuestro interior y ahí está ese otro mundo del que también somos protagonistas. Las cosas del presente (si podemos llamar presente a lo que se escapa como el humo o la ceniza) y del pasado. Si pudiera reprogramar la memoria, borraría los episodios difíciles, amargos; episodios que nunca terminan de escribirse.
         Con frecuencia, suelo escribir de un episodio en particular, y por ello, si buscamos páginas atrás, encontraremos otras versiones que intentan dilucidarlo. La historia es esta: tengo veintiocho años, mi vestido de novia está sobre la cama, el tocado, el velo, la liga… y la casa, esa casa que en poco tiempo comenzará a desplomarse. No estoy preparada para tal catástrofe, como tampoco para el invierno sobre mi cama. En los primeros años era fácil encontrar la felicidad, bastaba el ronroneo de los gatos, el rumor de la playa a lo lejos, el ruido de las fábricas; el invierno, sin embargo, oxida y quiebra por el medio. Recuerdo por ejemplo a Raquel, mi amiga de la infancia que descubrió que su esposo era gay. No hay nada de malo en ello, cada quién es libre de vivir y gozar sus preferencias sexuales, sí, en cambio, en el hecho de mentirle a ella, de vivir una farsa por dos años, como yo por cinco.
         Los dos salíamos con nuestras máscaras; así íbamos a la oficina, participábamos de reuniones, asistíamos a las exposiciones, a las presentaciones de libros. Mentir por miedo, por hábito. ¡Qué frágiles son las ilusiones! Lo que ambicionaba: mudarme con mi pareja, salir de paseo, ir al cine, hacer el amor como tantas veces fuera posible. La casa, que con el tiempo desatendimos, comenzó a caer pedazo a pedazo en el pesimismo, el aislamiento y la inseguridad. Recuerdo: estaba enferma y la soledad dominaba las emociones, me orillaba hacia lo desconocido.
          En medio de la noche, mientras mis ojos dejan de moverse y disminuyen la tensión arterial y el ritmo, vuelvo a escribir la historia. Dentro de la cavidad oscura del sueño aparecen reflejos, luces, y cuando llego al fondo, la narración de un argumento absurdo. Cuando despierto, mis entrañas me duelen. Cierro el libro. Queda en suspenso una realidad diferente, lo que viene.

Texto publicado en decomoescribir.com

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