Era mi propio laberinto

George Kilburne

Acaso te hablé
de lo que es despertar
sin el rostro
que todos conocen.

Soy yo la que se desgaja,
la que una mañana
despertó en mitad
de las sombras
y al abandono
logró sobrevivir.

Yo, la que rescataron
de la condena
y crecí hombre-mujer,
en dirección contraria al valle
de la dicha.

La que prometió, en nombre de dios,
de la noche y sus desvelos
nombrarte jamás.

Yo, la que creció sin infancia
y reinos tuvo que construir para salir
en soledad victoriosa.

La que nadie visita
porque al mundo no pertenece,
ni a esta vida ni a la otra.

Esta que soy, amarga, fea entre todas
las mujeres.
Lo que queda de mí.


§

El mar, sus olas a la orilla del sueño.
Aquí, estamos madre, frente a frente.

El mar en soledad es azul.

Ante tus ojos que son mis ojos
se abren calles infinitas, avenidas
como tus piernas hacia el centro del deseo.

¿Quién sembró en la marea alta de tu vientre
esta ola que cae?

Qué pasó luego –te pregunto–,
se te acabó el pan, el agua
como a mí las ganas de vivir.
Y la puerta es estrecha.

Estamos aquí, madre, por primera vez.
Quédate conmigo a vivir.
No importa que al amanecer
tu figura sea un presagio.

(Lo que queda de mí, 2003)

§

Desde mi origen
escucho tu voz, madre, abrevada
en los acordes de la infancia
y el remanso
de las limpias cañas verdes.

Hasta ahora comprendo la música
en el aire de las bugambilias.

Antes, era mi propio laberinto,
la nube inmensa
del abandono
borrándome desde dentro.
Con el aire me dejaba llevar
hacia todas direcciones
–pájaro de alas solitarias.

Ahogada en la fiebre de la confusión,
ineludible mueca de odio,
este cerco,
esta sombra.

¿Cómo podía, entonces, acompañarte,
espejo de canciones,
aplauso, ofrenda
para el sufrimiento inmóvil?

Inventaba el tiempo o el tiempo
me inventaba,
alargada
de tan vacía.

Vuelvo a tus ojos,
a ese paisaje donde el cañaveral se levanta
en fuego crispado.

Desde la afluencia del cariño,
te escucho tararear la melodía
de esta tierra,
enamorada hasta romperte.

Porque no sé hacer de la música
un sonido distinto,
me pongo a escribir.
Escudriñar con tus manos
cada resquicio de la vida
que deseo libre y prolongada.

Tocar de la luz
sus vitrales más íntimos.

(Presencias, 2008)


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