Lo oculto


Los restaurantes españoles siempre me han parecido un lujo y más si, para esas fechas especiales, combinan los aromas con un ambiente bohemio. Anclado en la calle de mayor comercio, uno puede mirar desde la mesa, a través de la ventana, el ajetreo de la gente que aún después de las nueve de la noche, camina con altas dosis de vitalidad. Mujeres, hombres, con grandes bolsas que llevan de aquí para allá, bien abrigados, deslizándose como si el suelo no existiera, sólo la aproximación de sus vidas. Diciembre, de una y otra manera, cambia a las personas, tal vez las luces, los colores, no para resistir el frío, sino para vivir un poco de esa felicidad arrebatada.

Del interior de la cocina llega el olor de las especias: azafrán, cominos, anís, cilantro, laurel, hinojo… En este lugar, el tiempo puede dejarse ir libremente; la risa, el coqueteo, la camaradería, quedan a media luz porque, como dije líneas arriba, este lugar en su exquisitez, ofrece la oportunidad de enamorarse, reconciliarse, o refrendar (como es mi caso) el amor construido con los años. Hubo, sin embargo, algo que me pareció inquietante. Uno de los meseros dijo conocerme con anterioridad. “Hace algunos años, comentó, impartió un curso de literatura y yo lo tomé.” Se presentó, nos ofreció la carta y correspondió de manera muy atenta a cada una de nuestras solicitudes. Hablamos de aquella época pero en mi mente todo estaba muy oscuro. Él sabía mi nombre completo y yo tuve qué revisar un par de veces su gafete. De alguna manera, la presencia de aquella persona comenzó a interrumpir la conversación y el atrevimiento planeado con mi acompañante. Hablo de compartir caricias mientras se bebe de la copa de vino blanco o tinto, de soltar la carcajada o de sentir ese mareo cuando los besos apasionan.

Caí en pánico y decidí que debíamos marcharnos. ¿Cómo beber, fumar, besar? Había también otra situación: siempre me he sentido en desventaja ante quien sabe sentarse y tomar correctamente el tenedor o la cuchara. Nos despedimos de Pablo, mi exalumno, que nos sirvió con gentileza excesiva buscando en todo momento entablar diálogo conmigo. Es mi esposo, dije, pero no bastó para quitarme esa sensación de haber llegado al lugar incorrecto. La calle nos devolvió la soltura y volvimos a sentir el aire frío de la noche. Regresamos a casa, las luces de la habitación permanecieron encendidas.

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