Corazones negros


Por supuesto que amo mi patria. Lo que no amo es el corazón negro de ciertas personas. Lo negro avanza tal como lo hace el virus y contagia a otros corazones. Todo comienza por aquello que parece insignificante. Hablo de sucesos mínimos como ese en el que un padre o una madre le dice a su hijo que no importa lo que haga, que siempre lo va a defender, y si roba y si mata, otros también lo hacen. Quizá no lo diga con esas palabras, pero las acciones son suficientes para entenderlo de tal modo. O, por ejemplo, esa expresión aplicada una y otra vez en el terreno de los negocios: el que no transa no avanza.

Las anteriores, son por decirlo, cosas que van ensombreciendo el corazón de las personas, tanto del que aplica la sentencia como de aquel que la recibe. Lo negro se extiende y vence las delicadas capas del órgano que late. Es así como ocurre esta transformación del hombre bueno a hombre malo. El mal y el bien son inmanentes a nuestra condición humana, dicen. Creo, sin embargo, que fuimos llamados a ser buenos. Cómo puede alguien, desde el vientre materno, tener sentimientos de odio hacia los demás. Creo que el hombre nace limpio, inocente, y es la circunstancia lo que genera el cambio. Es decir, al corazón bueno alguien le mostrará el camino de la intolerancia, de la corrupción, del crimen y éste, seducido, quedará atrapado.

La mancha de lo oscuro se extiende; para cuando ésta adquiere tamaño, el hombre ha dejado de darse cuenta. Y si lo sabe, prefiere no mirar la sangre que empapa sus manos. El hombre de corazón negro no mira. ¿Para qué? Así avanza, corrompe a otros, extiende los tentáculos de su virus hacia todas direcciones. No importan las ideologías, las religiones, como tampoco la familia, desmoronándose pedazo a pedazo.

Amo a mi país, pero no a estos hombres de corazón negro que encontramos al salir a la calle o que están allá, absortos en su propia miseria, gobernando una nación en bancarrota.

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