40 años

 

En la vida además de la familia, el hombre que amo, la literatura, agradezco la edad. A diferencia de ciertas mujeres que se disgustan ante la pregunta, en mi caso, la digo con orgullo. Por supuesto, esto no me hacer mejor que las mujeres que menciono, pero si diferente por el hecho de considerar a la edad como sinónimo de vida. Mi lógica es que, si me quito los años, quito también una parte de mí, esa experiencia que me configura. La edad es, por ello, un cúmulo de decisiones, tropiezos, enfermedades, riesgos, aventuras, etc., que finalmente me vuelven más fuerte.

Qué puedo decir de este trayecto de cuatro décadas. Que me siento plena, feliz con lo que tengo y con lo que he logrado en el ámbito personal. Estoy rodeada de personas maravillosas que creen en mí, en mis proyectos, en la literatura como forma de vida. Está mi padre (que también festeja conmigo su cumpleaños y va a la delantera con 40 años más), y la presencia de mi madre, sus canciones, su música. Hay, en este momento algo más allá del dolor que deja el pasado, la incomprensión de la infancia, por ejemplo, y aquella vez que creí en el amor con ojos ciegos. A esas personas que fueron lo amargo sólo les tengo una pregunta: ¿qué mal pude yo hacerles para que me mostraran el lado oscuro de su alma?

La vida nos ofrece su circunstancia, y a partir de ésta, es como te conduce a puerto. Uno quizá no lo ve, pero ocurre: las olas del mar, a veces trastornadas, llevándote a otra orilla. Y aquí estoy. Dejé mi natal Colima, y me instalé en esta ciudad de escenarios en color sepia (verdes ahora por las últimas lluvias). Hundida la embarcación en esos primeros años, pero rescatada después. Dicen que a los 40 las mujeres se preguntan ¿qué estoy haciendo con mi vida?, mientras que a los 60, la pregunta es ¿qué he hecho? Tengo 40 y mi pregunta no es esa, es más, humildemente digo que no tengo preguntas (excepto la del párrafo anterior). Mis pies están sobre la tierra (una tierra fracturada, dolida, bañada con sangre) y sé con exactitud mi misión en el mundo, por decirlo de manera espiritual. No dudo de lo que soy, como mujer, como esposa, como hija, como escritora, como académica. Dice el poeta Nervo: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz! y, sin temor a equivocarme, de tal modo resumo este momento.

En la edad, están los caminos andados, las tormentas, los lugares visitados, los libros escritos, esos pensamientos míos que espero se multipliquen en otras personas, proyectos de difusión y edición, la familia y el amor, sobretodo el amor. ¡Qué más puedo pedir! Ahora sí, que vengan los mariachis y comience la fiesta.

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