Cuerpos


Las salas de velación son lugares a los que no me gusta entrar. Prefiero, aunque siempre huyo del ruido, un antro o una fiesta infantil con olor a globos y piñatas. No sé cómo comportarme. Si pienso en las fiestas, una boda o una quinceañera, por ejemplo, sucede lo mismo.

¿Qué vestir? ¿Qué rostro presentar? ¿Qué conversación es verdaderamente trascendente para ese momento? Por eso no voy a las fiestas ni a los funerales. Que le pregunten a mi marido y a mi madre los pretextos, las historias que invento pasa salir huyendo con toda la cortesía del mundo. A mis muertos no les quito los ojos de encima, lloro sí, aunque no mucho. Soy como mi padre y como él tengo la estúpida esperanza de que nada ocurre, que mi abuelo, por ejemplo, esté en su cama y yo junto con él, archivando recuerdos.

Me quedo callada, miro uno a uno los rostros a mi alrededor, señoras sobre todo, vestidas de luto, de rostros largos, compungidos. Mis ojos deambulan por el lugar. No hay niños. De un día para otro, alguien de la familia falta, pero los niños no saben, o quizá sí, porque la sombra de la ausencia se alarga. Los familiares comienzan a reordenar la casa, guardar las pertenencias del finado, meter en maletas lo que puede ser regalado o vendido. Alguien llegará en camioneta y se llevará la cama, el colchón, los edredones. La cama que albergó el amor, los cuerpos y sus estertores, será recibida en otro sitio, o será finalmente quemada. Yo tenía once o doce años. Se oyó un estrépito. Los hombres, después del funeral, arrojaron el colchón, la base metálica de la cama, le echaron gasolina y con la facilidad del bocado que se engulle, ambas piezas ardieron. El baldío de junto, ese al que íbamos a desenterrar alacranes y cazar lagartijas, también ardió.

No hay niños simulando rezos. En las fiestas, en la pista de baile, inventan juegos. Son el centro y aunque corren, siempre agitados, siempre sudando, no se alcanzan. O si se alcanzan, es para comenzar una nueva asechanza. Los niños nos han dejado solos frente al cuerpo, su lenta e invisible descomposición. Prefiero el fuego, le digo a él. Inmediatamente, el fuego para cortar de tajo el festín de los gusanos. Que me aten a la plancha metálica y abran la llave del fuego. Si me atan, repito, no hay escape. Sólo el alma, entre la monotonía de los pañuelos sucios. Luego, mi casa, mi sala y mis libros. Dicen que el miedo ata pero yo prefiero estarlo. El miedo acaba por estropear la tranquilidad de los cementerios. Un repentino pánico a dormir rodeada de otras muertes bajo la noche cubierta de flores, su máscara.

Clavo los ojos en un punto. Hay una mancha de óxido que sale del aparato de aire y resbala por la pared. Una mancha putrefacta, la sangre de un cuerpo diseccionado. Se extiende, se agranda, estalla como el tumor y otra sangre, más oscura aún, nos baña en su recorrido dramático.  Pero ¿a quién le importa la mancha?

Las personas van y vienen y tocan con la mirada aquella mugre, pero es otro el motivo: la despedida de quien murió tranquilamente en cama. La sala cuatro es otra historia. Un cuerpo, el cuerpo que sí cambia porque una cosa es la muerte natural y otra la mordaza, los pies, los índices mutilados, el disparo. Otra cosa es la vida arrancada, la penumbra del túnel, el cuerpo llevado al ataúd. Otra mirada, sí, aunque siga sintiéndome perdida y abandone repentinamente el lugar.

Texto publicado en La vereda.

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