La memoria íntima como herencia



Cuando abro las páginas del libro Te voy a contar que… de Pancha Magaña, pintora y escritora colimense, pienso en el epígrafe que utiliza Philip Roth para abrir su libro Los hechos (1988): “Y mientras él hablaba yo estaba pensando: qué historias nos montamos sobre la vida, qué vidas nos montamos con las historias”. La frase, por supuesto, es de Nathan Zuckerman, su álter ego que protagoniza su quinta novela: La contravida (1986). Nathan abre dos perspectivas sobre este tipo de narraciones: a) El diario, las memorias, la autobiógrafa, la carta personal o familiar, como documentos históricos; b) o como testimonios que rozan con el género de la ficción.

El libro, estructurado en treinta capítulos muy breves, evoca al Colima que fue. El primer texto “Colima, una mirada”, nos entrega una ciudad mágica. Veamos: “Los calores de Colima siempre han sido fuertes, igual que los colores de la naturaleza de esta tierra. Son ricos, vistosos y variados; un deleite a nuestra sensibilidad y todo un manjar. Mangos verdes y naranjas que cuelgan de los altos árboles, crotos pintados de rojo y naranja, amarillos vistosos que cuelgan brevemente de las imponentes Primaveras, Las lluvias de oro, los Palos de rosa o Rosa moradas y el amarillo tibio del sol de enero”.

El lector puede o no reconocer la ciudad, estar dentro o fuera del asombro. Hay textos que responden a la conversación íntima entre Magaña y su tiempo. Quienes nacimos y crecimos en la ciudad conocemos cada uno de sus secretos. Pero, el viajero, el que por primera vez pisa este paraíso de tierra húmeda y fértil ¿podrá discernir el discurso de Magaña?  Pienso en textos muy personales como: “Diez de mayo”, “Al otro lado de mi casa vivía Chavelita Lozoya”, “Primera comunión de Toño en la Huerta Álvarez”, “Visitar a mi abuela Petra”, “A mi hermana le pronosticaron seis meses”, etc.

El valor de Te voy a contar que… es su propósito: “trascender el secreto”. Magaña lo dice en el prólogo: “Fue en esos años maravillosos que yo aprendí a escuchar historias y a contarlas […] Y con estas historias, que más que historias son recuerdos de mi infancia, pretendo rendir homenaje…” Entones, hablamos de nostalgia, la misma que llevó a Isabel Allende a escribir Mi país inventado (2003). Allende explica: “Dos sucesos recientes han desencadenado esta epidemia de recuerdos. El primero fue una observación casual de mi nieto Alejandro, quien me sorprendió escrutando el mapa de mis arrugas frente al espejo y dijo compasivo: «No te preocupes, vieja, vas a vivir por lo menos tres años más». Decidí entonces que había llegado la hora de echar otra mirada a mi vida, para averiguar cómo deseo conducir esos tres años que tan generosamente me han sido adjudicados. El otro acontecimiento fue una pregunta de un desconocido durante una conferencia de escritores de viajes […] Al terminar mi breve discurso, se levantó una mano entre el público y un joven me preguntó qué papel jugaba la nostalgia en mis novelas.” La nostalgia en el libro de Magaña, es evidente. Es decir: “la pena de verse ausente de la patria, la melancolía provocada por el recuerdo de una dicha perdida”, según el diccionario consultado por la autora de La casa de los espíritus (1982).

Otro valor que debemos agregar a este libro es la unión pintura-escritura. Algunos de los textos de Magaña merecen llevarse a la tela y al pincel; hay pasajes sumamente coloridos, sinestésicos, metafóricos. Tomo un ejemplo de “Las estaciones”: “El viento sopla cubriéndonos con una tela blanca delgada, de gotas de hielo […] Plantas, árboles frondosos y desnudos cambian los colores de sus vestidos por unos más oscuros. Los grandes pinos mecen sus puntas al ritmo de un vals. Bailan las espigas con el vaivén de la lluvia nevada y las rosas se mecen de aquí para allá…” La alianza entre escritura y pintura tiene definitivamente una larga historia. Pintores que escriben o viceversa: Frida Kahlo, William Blake, Pérez Galdós, García Lorca, Alberti, Balthus, por mencionar algunos. Agreguemos el nombre de Pancha Magaña a esta lista.

La autora de Te voy a contar que… trasciende la soledad y el silencio que existe alrededor del proceso creativo; va más allá de sus propios límites y lo que articula son “pinturas escritas”. Magaña vuelca su intimidad y nos la ofrece como herencia tal como lo hicieron la propia Allende en algunos de sus libros, Neruda, Vargas Llosa, García Márquez, Philip Roth, etc. Magaña establece un puente entre el pasado y el presente, y claro, nos invita a cruzarlo. A manera de cierre una última pregunta: ¿El encuentro con el pasado, la nostalgia que surge, podrá alejarnos de la autodestrucción?

Te voy a contar que… es un libro de memorias. Pancha Magaña nos ofrece la historia de su vida en Colima, ciudad colorida y llena de sabores. Es un ejercicio, en primer momento íntimo. Es ahí donde, parafraseo el punto de vista de Leonidas Morales contenido en La escritura de al lado: géneros referenciales (2001), se desarrolla una conciencia que se interroga en silencio y busca obstinada, su verdad como verdad del hombre. Estas memorias, por lo tanto, eternizan aquellos momentos sublimes. En “El diario íntimo y el relato”, texto de El libro que vendrá (1979) Maurice Blanchot rematará “se escribe para no perderse en la pobreza de los días”.

Twitter: @contreras_nadia   

Te voy a contar que…
Pancha Magaña
México, 2015.
Págs. 113

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